
En esta homilía, el P. André Delvaux reflexiona sobre la dimensión profundamente eclesial de nuestra vida cristiana. Lo que cada uno hace para santificarse no queda encerrado en su propia vida: puede santificar a toda la Iglesia. Del mismo modo, nuestro pecado también hiere y contamina el Cuerpo de Cristo. Una reflexión sobre la responsabilidad personal, la comunión de los santos y la llamada a vivir nuestra fe con conciencia de que nuestras decisiones tienen consecuencias mucho más grandes de lo que imaginamos. Porque nuestra santidad no es solamente un camino personal: cuando uno se acerca a Dios, toda la Iglesia se beneficia; cuando uno se aleja de Él, toda la Iglesia sufre.